La muerte enamorada II

Os dejó por aquí la segunda parte de mi relato, La muerte enamorada. Espero que os encante. ♥

Recordad que tenéis la primera parte en la anterior entrada del blog.

 

Pasó el tiempo. El niño Vida se quedó en la tierra que el Theós había creado, pues pertenecía a ella y era la esencia de todas sus criaturas. El motor que hacía que todo lo que tenían en sus entrañas no dejara de moverse, como lo hacían las suyas. La Muerte volvió a la nada con el Theós, pero enseguida extrañó todo lo que había en la tierra, y la visión de los cuerpos vibrantes de las criaturas del Theós, que la atraían con una fuerza irresistible. El Theós supo lo que le iba a pedir antes de que lo hiciera, y dio permiso a la niña Muerte para que bajara a la tierra y se quedase allí el tiempo que quisiera.

-Siempre que me necesites, mira el cielo y di mi nombre, y yo iré en tu ayuda. Díselo así también a los hombres para que sepan que nunca estarán solos.

Así, la niña Muerte pasó a vivir en la tierra, y el niño Vida accedió a cuidar de ella y a enseñarle todos los rincones de su mundo. La única condición que le puso, fue que no debía tocar nada, pues, del mismo modo que le había herido a él, heriría a las criaturas del Theós. Los dos niños pasearon muchas tardes por el mundo creado por el Theós y fueron dándole nombre a las cosas. Dieron nombre a los animales y a las plantas y luego se los enseñaron a los hombres. Se divirtieron explorando aquel mundo tan bello y descubriendo todos los secretos que encerraba. Los niños también jugaban, y se escondían el uno del otro entre las palmeras o tras los arbustos, y se perseguían armados de una rama seca, o lanzaban piedras al agua y las hacían rebotar contra la superficie cristalina. Se tumbaban sobre la hierba húmeda cada noche y jugaban a dar nombre a las estrellas a contar cuántas había en el firmamento infinito. Los niños crecieron como hermanos.

La niña Muerte sentía siempre un impulso irrefrenable de tocar aquel mundo tan bello que había creado el Theós, aquel mundo que parecía moverse por dentro y por fuera, que respiraba, que vibraba, que no dejaba de danzar. Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, aprendió a controlar aquella presión que sentía en el pecho ante las cosas vivas, y a refrenar el impulso de su mano pálida, que quería tocarlo todo. Aprendió a apartarse cuando los hombres pasaban demasiado cerca de ella o cuando los animales se acercaban a olfatearla. Sin embargo, aquella sensación que invadía su pecho vacío no desapareció nunca y en el interior del corazón que en ella no latía quedó siempre el deseo de empaparse de esa vida que a ella le había sido negada. A veces miraba al cielo y le preguntaba al Theós porqué, y él se asomaba entre las nubes y sonreía, y le decía a su pequeña niña Muerte que ella era perfecta tan y como era, que él la había creado así, y había visto que su obra era buena.

 

Los niños crecieron. La Vida se convirtió en un joven de piel dorada y cabellos blancos y largos como los rayos del sol. Sus ojos seguían reflejando todos los colores de la creación y ahora sus hombros anchos y fuertes parecían capaces de sostenerla por entero. La niña Muerte se convirtió en una mujer de ojos oscuros y grandes como la noche sin luna, en los que no brillaba nada y en los que a la vez se escondían muchas cosas. Su piel azulada se ajustó a sus nuevas formas de mujer, y su interior siguió tan silencioso e inmóvil como lo había estado siempre. Las cosas parecieron cambiar entre los niños que ya no lo eran. Ya no contaban las estrellas que brillaban sobre sus cabezas cada vez que se tumbaban en la hierba húmeda. Ahora se limitaban a observarlas titilar en silencio, sabiendo que el otro estaba a su lado. Ahora que todas las cosas de la creación tenían un nombre, podían pasear tranquilos por el mundo creado por el Theós, hablando de todo lo que se les ocurriera o disfrutando del silencio de la tarde en la tierra. Las cicatrices que había dejado en el pecho de uno y en el dedo de otra el primer encuentro también habían crecido con ellos, y eran un recordatorio constante para la Muerte de que ella no pertenecía a aquel mundo. No del todo. La Muerte no veía cuál era su papel en aquel mundo tan bello y tan vivo que había creado el Theós, donde todo parecía tener un orden y un lugar preestablecido.

La Vida se acercaba cada vez más a los campamentos de esos hombres a los que ella tanto admiraba. Los humanos también habían crecido y la vida había comenzado a danzar entre ellos. De un hombre y una mujer, surgía, milagrosamente, otra vida, y cuando un nuevo humano salía del vientre de su madre, su compañero iba allí a celebrarlo con ellos. También acudía a las fiestas que celebraban durante los casamientos y a los sacrificios que ofrecían al Theós, pues él era la vida y la plenitud y había de celebrarlo con ellos. La Vida no quería dejar a la Muerte atrás, y siempre insistía para que lo acompañara. Sin embargo, la Muerte se negaba acudir. Prefería observar la fiesta en la distancia, donde no llegaran con tanta intensidad los latidos de los corazones de los hombres, ni retumbara en sus oídos el burbujeo de su sangre, la vibración de su piel. La Muerte sabía que aquello era lo que ella había anhelado durante tanto tiempo, lo que le había pedido al Theós que creara. Sin embargo, ahora que lo tenía al alcance de la mano ni siquiera podía tocarlo. En esos momentos la Muerte volvía a preguntar al Theós por qué la había creado diferente a los demás, y él volvía a asomarse entre las nubes y le repetía que era perfecta tal y como era.

 

Un buen día aquella presión el pecho de la Muerte renació. Aquel día sintió con más inmensidad que nunca que el pecho de la Vida se movía y se agitaba cerca de ella, muy cerca, y de nuevo surgió en su mano fría el deseo irrefrenable de acariciar la suave piel. Se apartó de la Vida deprisa, asustada de sí misma y de lo que pretendía hacer, y el muchacho la miró extrañado. ¿Qué ocurría? La muerto no respiraba agitada ni su corazón latía con fuerza, pues la vida no habitaba en ella, pero notaba una desagradable presión en el pecho que la impedía hablar con normalidad. Se desplomó en la hierba verde y la Vida se sentó a su lado, con cuidado de no tocarla pero lo suficientemente cerca como para ver sus ojos oscuros y opacos como sombras abatidos. La Muerte se sinceró con la Vida y, si hubiera tenido sangre en las venas esta habría acudido a sus mejillas para colorearlas. Ambos se miraron instintivamente la cicatriz que conmemoraba su primer encuentro y guardaron silencio.

-Me gustaría que no fuera así. –Dijo al fin la Vida con su voz grave y cantarina más triste que nunca. –Me gustaría que pudieras tocarme. Me gustaría poder tocarte y darte un abrazo.

La Muerte elevó su pétrea mirada y se encontró con la multicolor de su amigo. Ambos intercambiaron una larga mirada a modo de silencioso abrazo y esbozaron una sonrisa triste. El corazón de la Vida se movía más que nunca dentro de su pecho, saltando y agitándose ante la emoción. Si la Muerte hubiera estado viva habría hecho lo mismo, pero podía sentir el corazón de su amigo emocionándose por los dos muy cerca del suyo, inmóvil.

Pasaron los días en la tierra y la Muerte cada vez se sentía más tentada por aquellos cuerpos calientes y vibrantes dentro de los cuales se movía algo que ella nunca había conocido. La Vida procuraba distraerla de su pena, pero no se daba cuenta de que el tambor de su corazón, que sonaba debajo de su pecho, era para ella una tortura.

 

Una noche en la que la Vida fue con los hombres a celebrar un nacimiento, la Muerte vagó sola por la tierra sumida en las penumbras, de nuevo con aquella presión sobre el pecho que le hacía sentirse una extraña en su hogar. Con aquella sensación que la hacía sentirse vacía, incompleta, que la hacía ansiar la vida más que nunca. Un jadeo la sorprendió en la oscuridad, y distinguió los grandes ojos de un cervatillo que temblaba entre unos arbustos. Se agachó junto a él y contempló sus grandes ojos titilantes, que parecían suplicarle algo que ella no lograba comprender. La Muerte quiso ayudar al cervatillo herido cuando se percató de la sangre que cubría su pata, pero algo se lo impidió. Aquella misma sangre la cegaba, pues lanzaba mil destellos reflejando la luz de la luna. La vibración que se escuchaba a través de la piel del animal la abdujo, y sus ojos se quedaron fijos en su vientre, que subía y bajaba cada vez de forma más lenta. Antes de que la Muerte fuera consciente de lo que hacía, alargó una mano azulada, atraída irresistiblemente por el calor de la vida que se escapaba a través de la herida del cervatillo. Hundió la mano en la carne que temblaba y sintió aquel calor abrasador que había ansiado tantas veces. Aquello se movió por su mano y ascendió por su brazo llenando los conductos de plata que el Theós había dejado vacíos, hasta perderse por su pecho y anidar junto a su corazón. Cuando la Muerte se recuperó de la intensa sensación, dirigió de nuevo sus ojos hacia la criatura que había en el suelo y ahogó un grito de espanto. Los ojos del animal estaban fijos y vacíos en la oscuridad, sin ningún brillo que adornara sus pupilas. Su pecho ya no subía y bajaba y la sangre ahora fluía sin fuerza sobre la tierra húmeda. Algo se había apagado en su interior y ya no se movía nada en sus entrañas. La Muerte sintió que las lágrimas llenaban sus ojos oscuros y se tapó la boca con una mano temblorosa. ¿Qué había hecho? ¿Qué había pasado? ¿Qué era aquello? Zarandeó al cervatillo, lo acunó en sus brazos, le acarició las orejas y le tocó con cuidado la herida que seguía abierta en su pata. Nada. La Muerte se levantó lentamente y miró a ambos lados. No se distinguía ninguna luz en las tinieblas de la noche, pues los ojos del cervatillo ya se habían apagado. La Muerte sintió miedo, pero aquello que había anidado junto a su corazón le dijo que no temiera, que hablara con el Theós. La Muerte elevó sus ojos negros y lo llamó. Su padre se asomó entre las nubes y la miró con ojos benévolos. La Muerte comenzó a explicarse atropelladamente, con las lágrimas resbalando por sus mejillas azuladas y frías, y sintiendo en su pecho que se ahogaría en sus lágrimas. El Theós bajó a la tierra y abrazó a su pequeña Muerte, que yo no era tan pequeña. Le dijo que no sufriera, que era lo que debía hacer, lo que estaba en su naturaleza. La Muerte lo miró espantada y negó con la cabeza. ¿Cómo iba a estar en su naturaleza hacer una cosa tan horrible? ¿Cómo iba a ser ella capaz de privar de vida a una criatura? El Theós la tranquilizó y acarició sus mejillas heladas. Le dijo que todo aquello tenía una razón de ser, y le dijo que debía explicárselo a la Vida.

El muchacho la miró con los ojos desorbitados cuando se lo contó, pero las lágrimas de cristal que no dejaban de resbalar por el rostro de la Muerte impidieron que interrumpiera su relato antes de que lo concluyera. La Vida sentía en su pecho una espina clavada, y a él también se le inundaron los iris de colores de lágrimas cristalinas. La Vida y la Muerte lloraron juntos. Como siempre, sin tocarse, pero mirándose a los ojos y sollozando a un mismo tiempo, todo lo cerca que podían estar el uno del otro sin herirse, a modo de abrazo silencioso. La Vida lloraba porque no comprendía cómo algo tan bello como el movimiento interior de un cuerpo tenía que terminar, porque no comprendía porqué tenía que ser la Muerte, su querida Muerte, la encargada de hacerlo. Lloraba porque no comprendía que no pudiera abrazarla y sentir el tacto frío de su cuerpo. Entonces el Theós bajó del cielo y miró con amor infinito a sus dos criaturas. Les explicó del mejor modo posible que ellos eran seres complementarios, y que los dos debían reinar en la naturaleza y en el mundo que él había creado. Les explicó que todas sus criaturas debían morir algún día, y que así la Vida y la Muerte dominarían en el mundo por igual. Les hizo comprender la belleza delicada de la muerte y de la vida, y de ambas cuando las complementaba la otra. Les dijo a los dos asustados jóvenes que no temieran, pues los hombres, que eran las criaturas que ellos tres más amaban, no morirían del todo, pues él había depositado más amor en ellos y eso les hacía inmortales. Les dijo que dejarían de existir en la tierra, pero que existirían con él en la nada de las alturas, y que allí siempre serían felices. Por último, explicó a su querida Muerte que ella iría almacenando aquellos pequeños retazos de Vida para que, al final de los tiempos, algo comenzara a moverse también en su interior y ella y la Vida pudieran juntar sus manos sin hacerse daño. Los jóvenes se miraron entre sorprendidos y azorados y el Theós sonrió. La Muerte enamorada sintió que algo junto a su corazón se movía débilmente.

 

-Muchas gracias por leerme.♥ Tenéis el relato entero, y muchos más en el futuro, en la Apliación Sweek Mi usuario es Inma_VieitezFlorez .

 

Foto de inmavf🥀-2
Portada del relato 

 

 

 

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