La muerte enamorada I

Hoy os dejo por aquí el relato que he publicado en la Aplicación Sweek participando en el concurso #lahistorialaescribestu . Mi usuario es Inma_VieitezFlorez.

Espero que os encante. ♥

La Muerte enamorada

Érase una vez la Muerte enamorada. Pero antes, cómo creó el Theós a la Muerte.

Al principio no había nada, tan solo estaba el Theós. El Theós estuvo allí desde siempre, y a la vez desde nunca. El Theós era el amo de todo el universo, pero el universo no existía. Todavía no. El Theós era todo amor, todo Eros, y quiso darle ese Eros a una criatura, así que la creó. La diseñó de la más absoluta nada. La moldeó con sus manos etéreas a partir del viento gélido que llenaba el espacio vacío. Le dio forma con sus dedos creadores y después insufló un aliento que no era de vida en ella, y así nació la Muerte. La Muerte no estaba viva, pues era la Muerte, pero ahora tenía algo en su interior. Ahora habitaba en ella una diminuta parte del amor infinito del Theós, y eso llenó de esencia la carcasa vacía que era su cuerpo y la hizo despertar. La Muerte era una niña de piel azulada y ojos oscuros y profundos como la nada que la rodeaba a ella y al Theós. La Muerte tenía el cabello negro como la noche que aún no existía, y la piel azulada y brillante que se le adhería a los huesos. Tenía la voz melodiosa y dulce, y la piel fría al tacto y suave como la seda. El Theós la llenó de muchas otras cosas que diseñó a partir de la nada, pero todas aquellas cosas no se movían en el interior de la Muerte. Su pecho guardaba silencio como una caja de música estropeada y nada corría por las venas de plata que el Theós le había dibujado por debajo de la piel. Sin embargo, la Muerte no estaba enferma, ni se había roto, ni había sido mal diseñada. Simplemente, era así, y el Theós vio que era buena justo del modo en el que la había creado. En su interior no se movía nada, pero la Muerte sí que se movía, y hablaba, y sus párpados translúcidos y blanquecinos sí que se cerraban sobre sus ojos oscuros. Pero la Muerte no estaba viva, porque era la Muerte y porque la vida aún no existía. La Muerte nunca se planteó todas estas cosas, pues era la primera criatura del Theós y no tenía nadie con quién compararse.

La Muerte y el Theós pasaron mucho tiempo juntos, en la más absoluta nada. Solían pasear por los dominios infinitos del Theós, y así se iban conociendo el uno al otro. El Theós, pese a haberla creado, le había dado plena libertad, así que cuando abrió los ojos la Muerte comenzó a pensar y sentir por su cuenta, y nada de esto podía saberlo el Theós hasta que ella no se lo contara. Sin embargo, la Muerte se lo confiaba todo al Theós, pues era su padre y su único amigo. Conforme fue pasando el tiempo, la Muerte comenzó a sentir que algo faltaba dentro de ella. No es que echase de menos el bombeo rítmico de un corazón, ni el calor bajo su piel y bajo sus huesos, o el cosquilleo de la sangre recorriendo su cuerpo. No podía echarlo de menos porque nunca lo había conocido. Sin embargo, la Muerte sabía que le faltaba algo. Algo dentro y fuera de ella. Algo a lo que no podía dar nombre, algo que le era muy familiar y a la vez muy diferente a todo lo que ella conocía. Confió sus preocupaciones al Theós, segura de que él sabría a qué se refería y podría ayudarla a encontrarlo. El Theós la escuchó atentamente, y supo lo que le faltaba a la Muerte. Estuvo mucho tiempo pensando en cómo lo haría, en cómo crearía todo lo que faltaba y en cómo lo organizaría todo. Sería algo muy diferente a la creación de la Muerte. Completamente diferente. Sería algo que la completaría, y que al mismo tiempo fuera opuesto a ella. El Theós se dio cuenta de que lo que estaba haciendo era algo muy bueno, algo que sería muy bueno para todo lo que fuera a crear a partir de aquel momento, pero era algo que la Muerte no podía llegar a imaginar. Se preguntó si haría bien en crear todo aquello. Se preguntó si todo sería tan bello una vez lo hubiera moldeado con el barro de la nada como en su mente creadora. Finalmente se dijo que sí, que aquello era tan bueno como había sido crear a la Muerte, y que al final sería lo mejor para todos.

El Theós mandó un día a la Muerte a dar un paseo por su nada infinita, y le dijo que cuando volviera habría creado eso que ella había estado buscando durante tanto tiempo. La niña Muerte, siempre obediente, se marchó por la nada caminando grácilmente con sus huesudas piernitas azuladas Una sonrisa nerviosa cruzó sus finos labios. ¿Qué le tendría preparado el Theós a su regreso? Si su corazón hubiera podido latir, habría dado un vuelco, y si hubiera tenido sangre corriendo por aquellos carriles de plata que el Theós le había puesto bajo la piel, la habría sentido burbujear, pero no pasó nada de esto. La Muerte tan solo sintió una agradable opresión en el pecho y cómo se agudizaba el frío que sentía en las mejillas. Dando pequeños saltitos con su menudo cuerpo, se alejó del lado del Theós mientras él comenzaba a trabajar con la nada para dar forma a todas las ideas de su mente divina.

Primero creó una tierra, pero sobre la tierra no había nada, así que tomó de nuevo la nada entre sus poderosas manos y moldeó con cuidado una figuras en las que no escatimó en detalles. Las modeló con extrema precisión por dentro y por fuera. Dibujó cada uno de sus rasgos y calculó con precisión milimétrica cada una de sus medidas. Pensó en como funcionaría cada una de sus partes, por dentro y por fuera, y en qué se diferenciarían cada una de esas figuras. Insufló parte de su amor infinito en cada una de ellas, y después hizo algo muy diferente a lo que había hecho con la Muerte, y les dio vida. Aquellas figuras se convirtieron en plantas y árboles de unos colores que la imaginación ni siquiera puede atisbar. En cuanto el Theós las contempló una vez terminadas, supo que eran muy distintas a la Muerte, y supo que eso era lo que ella estaba buscando. Aquellas criaturas no se movían por fuera, pero sí lo hacían por dentro. Por sus venas verdes corría sabía dulce y pegajosa que llevaba la vida que el Theós había insuflado en ellas a todas las partes de la planta. Su interior era un hervidero de actividad frenética, con infinidad de diminutas partes divididas en otras aún más diminutas moviéndose a cada segundo y realizando la función que el Theós había diseñado para ellas. Sin embargo, el Theós supo que aún no había terminado, y moldeó de nuevo el barro de la nada, creando esta vez a los animales.

Estas nuevas criaturas se movían por dentro y también por fuera por fuera. Además, podían sentir y comunicarse con sus compañeros. El Theós vio que aquello era muy bueno, y que cada vez se acercaba más a lo que quería conseguir, pero que aún no estaba completo. Entonces el divino escultor se puso a moldear de nuevo.

Esta vez creó a los hombres. Eran unos seres bellísimos, en los que el Theós depositó aún más amor que en el resto de sus criaturas. Los humanos podían comunicarse entre ellos y con los animales y cuidar de las plantas. Podían hacer cosas asombrosas y también cosas terribles, pero lo que les hacía grandes era elegir hacer el bien cuando podían hacer el mal. Los hombres podían dirigirse al Theós y conocerle y amarle con el amor que el Theós había puesto en ellos. El Theós vio que todo aquello era muy bueno, e incluso se le escapó una diminuta lágrima cuando vio toda su obra, que se convirtió en las aguas de la tierra. Sin embargo, seguía sin ser lo que la Muerte estaba buscando.

El Theós observó todo lo que había creado y distinguió un destello entre unos arbustos. Sí, allí estaba. Cuando apartó las ramas descubrió a un niño con la piel tan luminosa como el sol que alumbraba la tierra. Tenía los cabellos casi blancos, los ojos de todos los colores que uno se pudiera imaginar y la sonrisa más dulce de todas las criaturas que poblaban la tierra. En su interior algo se movía con la fuerza de un río desbordado y la sabiduría de las cosas ancianas. En sus ojos brillaba una chispa que no se apagaría jamás. Era la vida. El Theós sonrió al contemplar la obra inconsciente de sus manos y alborotó su pelo rubio. El niño sonrió y la sangre que corría de forma rápida y rítmica por sus venas burbujeó, haciendo que le vibrara la piel morena. El Theós ensanchó su gran sonrisa y deseó que la niña Muerte llegara cuanto antes para poder ver todo aquello.

La Muerte llegó dando grandes saltos, deseosa de ver la obra que le tenía preparada el Theós. Sus ojos grandes y negros como dos pedazos de carbón no brillaban, pues en ellos no había vida, pero se podía adivinar en su mirada una intensidad especial. El Theós la cogió por su pálida y huesuda manita, siempre fría como la noche, y la llevó a través del mundo que había creado. La Muerte lo miraba todo con la boca abierta, llena de asombro. Los árboles que se alzaban majestuosos sobre su cabeza y la del Theós, en los que se podía adivinar que algo latía por debajo de la corteza de colores. Algo que se movía desde las raíces enterradas en la tierra, como una mano de largos dedos que se niega a abrir el puño, hasta las hojas en forma de abanico de los árboles. La Muerte abrió sus ojos aún más al contemplar a los animales que había creado el Theós, y que se balanceaban entre los árboles o corrían alrededor de sus troncos. Aquellas criaturas se movían por fuera y también por dentro, y de su pecho nacía un rumor delicioso que la Muerte quiso conocer de inmediato. Sin embargo, el Theós evitó que alargara una mano pálida para tocarlos.

-Aún no. Es algo muy diferente a ti.

La niña se conformó con observar en la distancia como sus pechos peludos se alzaban y se hundían con soberbia lentitud. Cuando hubo estado un rato contemplándolos extasiada, intentando adivinar qué era aquello que se movía dentro de ellos, el Theós la condujo hacia la última obra de la creación: los hombres.

Cuando la Muerte los contempló, sintió una dulce presión que le oprimía las costillas y parecieron iluminársele los ojos oscuros como el carbón. Al momento quiso correr al lado de aquellas criaturas y poner una mano sobre el pecho que no dejaba de moverse, sobre la piel por debajo de la cual se adivinaba un rumor sordo. Aquellas criaturas tenían algo especial que las demás no tenían. En ellos el Theós parecía haber puesto incluso más amor que en todas las demás criaturas. En sus ojos se asomaba aquel amor del Theós y brillaba bajo la luz del sol y bajo la sombra de los árboles. La boca de aquellos seres se torcía en sonrisas blancas y de ellas salían palabras que también parecían moverse y bailar por el aire, como si se hubieran contagiado de aquello que latía en su interior. ¿Qué tenían los hombres en las entrañas que se movía tanto? ¿Qué corría bajo su piel que burbujeaba y parecía llamarla con un susurro lejano? ¿Qué sería? Esta vez, también el Theós la detuvo para que no corriera a averiguarlo por sí misma.

-Aún no, mi pequeña. ¿No ves que son muy distintos a ti? Aún no.

La Muerte se quedó contemplándolos en la distancia, aún sintiendo aquella opresión sobre el pecho, como si sus costillas le preguntaran por qué nada se movía dentro de ellas. Sé preguntó si aquello sería lo que le faltaba, si era aquello lo que había estado buscando, pero le parecía que aún no estaba completo, que a ella le faltaba algo más. Necesitaba sentir algo más poderoso y más indómito, algo que la hiciera olvidar el silencio que imperaba en sus entrañas. Entonces el Theós se inclinó sobre su oído y susurró que aún quedaba algo más que debía ver.

La Muerte abandonó de mala gana la visión de aquellos seres tan hermosos en cuyos ojos parecía arder el amor del Theós, y lo siguió obedientemente hasta el último rincón del mundo que había creado aquel día. Allí los esperaba un niño con los cabellos blancos como las sonrisas de los hombres y la piel dorada y luminosa como la luz del sol sobre la arena. La Muerte se quedó paralizada al tiempo que sentía crecer por momentos aquella presión sobre su pecho. En el interior de aquel niño que el Theós le presentaba algo se movía con una fuerza indómita. Algo se agitaba, amenazando con escaparse, pero permaneciendo siempre preso en el interior de sus costillas. Por debajo de su piel dorada se adivinaba un torrente continuo de algo que ella desconocía, algo que se agitaba y se arremolinaba y desprendía un zumbido constante y agradable como la eterna estrofa de agua de un río. Algo que a ella le faltaba en las venas de plata que le había dibujado el Theós bajo la piel. La niña Muerte lo miró con los grandes ojos oscuros como carbones y el extraño niño le devolvió la mirada, observando, curioso, su cuerpo azulado y su piel adherida a los finos huesos. El Theós sonrió y se dispuso a presentarlos, pero se dio cuenta de que antes necesitaba un nombre. Ahora que no eran tan solo él y la niña Muerte en la nada, tendrían que dar un nombre a cada cosa. La llamó a ella Muerte, un nombre en el que siempre había pensado, pero que nunca había utilizado por no haber nadie más a quién llamar. Al niño lo llamó Vida, y dejó que se acercaran el uno al otro con cautela. Muerte observaba con los ojos más abiertos que nunca cómo el pecho dorado del niño subía y bajaba con cada respiración. Cómo el aire inundaba su pecho y su estómago hasta impulsar su ombligo y luego salía de nuevo por su boca. Contempló extasiada cómo aquello que corría por su interior hacía vibrar su piel morena. La Muerte extendió una mano azulada y, antes de que el Theós pudiera evitar que se lastimara, tocó el pecho del niño Vida. Al instante los dos retrocedieron, él llevándose una mano al pecho dolorido y ella mirándose con asombro el dedo blanquecino. La presión de su pecho había aumentado hasta amenazar con reventarle las costillas cuando había sentido el calor de la piel del muchacho. Un calor abrasador, semejante al del sol que había creado el Theós. Un calor lleno de movimiento, de vibración, que ella tenía que terminar de conocer. Un calor que le pedía más. Sí, aquello era lo que había estado buscando. Aquello era lo que le faltaba, ella lo sabía. El Theós lo había creado para ella.

El buen Theós observó sus heridas y les ayudó a sanarlas. No era más que una pequeña quemadura. Les explicó a los dos niños que debían ser cuidadosos, pues eran dos criaturas muy diferentes y podrían hacerse daño. Los dos niños asintieron mientras se miraban, extrañados, a los ojos. Al niño Vida le gustaron los ojos oscuros y opacos como la sombra de las palmeras que tenía la niña Muerte, y no le guardó rencor por haberle quemado con el frío de sus manos azuladas. El Theós sonrió para sí y supo de nuevo que todo lo que había creado era bueno.

Continuará la próxima semana

Foto de inmavf🥀-2
Portada de relato. 
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2 comentarios sobre “La muerte enamorada I

  1. Carinyet, es un relato muy bonito y muy bien redactado ¿Lo vas a presentar a algún concurso? deberías hacerlo, yo, relato a relato, ya tengo varios premios y antologías…no dejes de hacerlo.

    Por cierto, ya te dije que no sabía moverme por WordPress así que no sabía que para seguirte había que aceptar la suscripción en el mail, perdona pero no me había dado cuenta, ahora ya he aceptado. Te sigo de todas todas.

    Un besito,
    Yoliwi.

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